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aviones plateados

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la verdad es que se empeñan en enterrar todas nuestras esperanzas. porque uno acepta que existan catástrofes, siempre las hubo, mayores o menores, los ancianos recuerdan algunas. acepta hasta que haya guerras estúpidas, siempre las hubo, aunque a estas alturas ya deberían estar superados estos métodos de solucionar problemas. pero cuesta aceptar que no se busque un camino común, un avance, una relajación de las tensiones, de cara al futuro.

ver noticias, escuchar declaraciones, recibir mensajes agresivos... en tiempos tan avanzados en algunas cosas, como los que vivimos, se está involucionando en otras. radicalización de las ideas, intransigencia, luchas cada vez más abiertas y descaradas por el poder y el control. las masas dejándose agitar hacia uno u otro lado. se fomenta la ignorancia, el sentido gregario, la manipulación. aún hay gente que se cree lo que cuentan los telediarios.

se empeñan en enterrar todas nuestras esperanzas. es difícil hacerse entender cuando hay tanto ruido. anoche soñé que discutía con mi hermana a voces y, de repente, nos calmábamos y hablábamos la situación, entendiéndonos y llegando a un acuerdo. por desgracia es sólo un sueño. un sueño aplicable a este mundo, pero demasiado alejado de él. así son estos días. con nuestras esperanzas bajo tierra.
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bajo cero. niebla. campos helados. supongo que es lo normal, en el frío invierno de la meseta, sé que es lo normal, aunque a mí me parezca estar viviendo en el fin del mundo. nada se ve, según se avanza van emergiendo formas sólidas en las que se descubren los edificios, los árboles, las señales que todos los días cruzo en mi camino. todo parece hoy infinitamente estático, como si el frío de la cencellada lo hubiera congelado. como si las imágenes que veo fueran una sucesión de fotos, detenidas, ancladas en un instante.

me pregunto cuándo llegó la niebla helada a mi ciudad, y cuándo llegó a mi vida. ambas se encuentran detenidas, igual que hace tantos años, como fotos de lo que fueron entonces algo desgastadas por el paso del tiempo. como si la vida hubiese desaparecido, y no quedara más que la savia congelada derramada por el suelo.

un poco más adelante clarea, y disminuye el hielo, y por fin la temperatura llega a alcanzar los cero grados. veo la gente que cruza la calle, otros vehículos, todo moviéndose lentamente, desperezándose, abrigándose fuerte. las fotos se van convirtiendo en el proyector de los hermanos lumière. vaya parece que aún queda esperanza. sólo son sensaciones, al fin y al cabo. sólo son sensaciones, me digo. aún hay vida debajo de la capa de hielo. sólo hay que rascar un poco.

es eso. sólo hay que rascar un poco.

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me doy cuenta, ya sé que aquí se está por lo que se está, pero me doy cuenta de cuánto hablo de mí, de lo egocéntrico de todo esto, de lo tremendamente exhibicionista que es, aquí, lanzando ideas, frases, sentimientos, como si tuviera que demostrar que soy alguien especial, o algo así.

me siento totalmente egoísta, estoy empezando a pensar que realmente he vertebrado un mundo tan centrado en mí, mi mundo, que casi vivo ajeno a lo externo, salvo por sus reflejos en mí. me entristece, y aún así, no puedo evitar que la mayoría de mis frases empiecen por 'yo, mí, me' o verbos en primera persona.

un día esta forma de actuar fue un refugio, un escudo de seguridad. sé que soy capaz de escuchar, de abrazar, de apoyar, pero lo hago demasiado poco... ahora que los días son cortos, las penumbras vienen antes y atraen hacia sí los pensamientos más duros. no es posible vivir ajeno, no es posible aislarse, sin que eso suponga, en cierto modo, una ruptura con la realidad, una esencia de locura.

ignoro si realmente esto es fruto de una rica o de una paupérrima autoestima, o quizás de ambas a la vez. es curioso, con lo enemigo que soy de los radicalismos... por suerte, de vez en cuando, alguien rompe la burbuja y entonces, sólo entonces, me doy cuenta de que, paradójicamente, puedo prescindir de mí mismo. quizás porque, así, por una vez, uno llega a sentirse que forma parte de algo más que aquella vieja habitación con la puerta cerrada.

un cuarto sin ventanas.

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si tuviera que describir este largo periodo vacacional, podría aprovechar el título del blog, y hacer un símil aéreo: un despegue rápido, un vuelo a gran altura, un pequeño descenso y un aterrizaje brutal y brusco del que no he salido muy bien parado. la mente es una cosa curiosa, a veces es frágil y caprichosa, al menos la mía. me hizo sentir arriba, muy arriba, y ahora abajo, muy abajo.

supongo que una vez que consiga reparar las alas, el tren de aterrizaje, la cabina del piloto y el fuselaje en general, podré intentar despegar de nuevo. como ya estoy acostumbrado a hacer este tipo de reparaciones yo solo, tampoco me voy a sentir extraño. en todo caso, solo.

mañana regreso a la realidad del día a día. empezaré reparando el tren de aterrizaje, a ver si así consigo no tener que moverme arrastrándome por el suelo.

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damos vueltas, vueltas y más vueltas. nuestra cabeza se hace miles de preguntas, y nos callamos las frases importantes. nos quedamos con dudas innecesarias y, al final, tanto aislamiento nos produce lo mismo, sensación de soledad e incomprensión. lo he visto, lo he vivido, lo he tenido al lado, abrazado o distante. en el fondo, cada vez que alguien calla, se puede leer en sus ojos: hay algo que no está bien en mí. y no me extraño, nos pasa a todos.

luego hay catalizadores, como en las reacciones químicas, que hacen estallar la burbuja. en realidad lo único que necesitamos muchas de, si no todas, las veces, es un oído amigo y una frase de aliento. y, por triste que parezca, ésto no es fácil que ocurra, en ocasiones hace falta una situación crítica, y en algunas de ellas, que es lo menos alentador, suele venir apoyada por fiesta, noche y alcohol. en estos casos en que este trinomio es el catalizador necesario, un pequeño soplo basta para hacer caer años de muros y separación.

me alegro hoy, pues, de haber escuchado y de que me escuchen, de haber abrazado y de que me abracen. definitivamente todos deseamos romper esas barreras; y me alegro de haberlo hecho. afianzar relaciones basándose en catalizadores sociales ya digo que es triste. pero entonces pienso que es la consecuencia de esta sociedad individualista, y que si hace falta un estímulo, pues se toma. tan simple como eso. hay cosas que no necesitan justificación moral. como el abrazo de un amigo.

éste es el espíritu de la navidad de las películas de fantasía. entonces yo digo como en esas películas: que sea navidad todo el año. hago mi firme promesa de no dejar el alcohol. no, hasta que la vida no necesite catalizadores secundarios. hasta que el calor humano sea algo natural en nosotros.

aún queda mucho tiempo. lo peor: cada día puede haber sido el último, y nunca habremos oído lo que alguien siempre nos quiso decir. brindo por intentar que no sea así.

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sabes, a veces las palabras no abarcan todo lo que se quiere expresar, y por grandes, redichas o vagas que sean no pueden describir determinadas sensaciones, es como una prenda de algodón que ha encogido con los lavados y constriñe, aprieta, convirtiendo algo hermoso en una deformidad de sí mismo. a veces las palabras se las lleva el viento porque su peso no es el mismo que el de lo que intentan reflejar.

o quizás sólo es porque no soy un buen escritor, o ni siquiera un escritor, sino un receptor de sensaciones que se proyecta en sus dedos, en sus labios, en sus movimientos... un transcriptor parcial de lo que corre por dentro, empujado desde fuera. quizás es sólo eso, que son proyecciones, unidimensionales, de una magnitud inmensa, ingente, inmedible.

hay días en que el uso de las palabras me hace sentir que estoy jugando a ser dios.
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podría decir que dos días conmigo mismo me han servido de mucho, de reencuentro, de clarificación, de autoconocimiento. podría decir que he llegado a conclusiones nuevas, diferentes, a otros humos en mis cristales. podría decir otras muchas frases complacientes para satisfacerme, pero serían todas mentira. ahora, con el tiempo, con el paso del tiempo, ya he estado demasiadas horas así, demasiados meses y años, como para que emerja alguna duda nueva del mar en el que vivo, o algun pilar oculto en el que se base mi existencia que yo no haya tanteado ya. a estas alturas, el que ha sido su mejor confidente toda su vida se conoce sus recovecos, y sabe que nada, o casi nada, es debido al azar.

ahora, por ejemplo, ni se me ocurriría quejarme de soledad. ni siquiera la aprecio, es cierto, pero es una elección, hasta ahora, una elección propia, estúpida, quizás. y no digo que haya elegido la soledad. digo que he elegido ser quien soy y ello tiene implicaciones. que ahora ya sé cómo son las cosas, sé de mí, de mi inconstancia, de mi continua huida... puedo ser el perfecto compañero de viaje, como una vez fui, quemándome por dentro. pero quizás no lo quiero. es demasiado doloroso.

y ayer tarde pensaba en las personas a las que conozco, y sentía envidia, por un lado, y compasión por otro. no dejo de pensar en que la mayor parte de la gente llega a un lugar y allí se queda, sea físico, mental o social. llega a un punto, a un estado, a un destino. y los veo, y no parece tan malo. aunque luego miro en sus ojos, y veo el brillo apagado. no sé. uno no sabe lo que es, pero sí lo que no es. o lo que no quiere ser: una estrella más que muere en el firmamento. una luz que se extingue, muy lentamente, cuando el único objetivo de su vida es lucir. un traidor a su propia existencia. un sinsentido vestido en gris, lánguido.

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últimamente tengo la paranoia de que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para no hacer caso de lo que diga o haga y entender lo que les viene en gana. es complicado de explicar, como si al describir un color como rojo sangre el otro dé por supuesto que quiero decir azul como las venas. siento como si todo el mundo fuera reticente a aceptar otro punto de vista que no fuera el suyo, en vez de tratar de seguir mis pensamientos según mi razonamiento. lo único que consiguen es seguir mis planteamientos según su razonamiento lo cual les hace caer en un error de concepción total y un punto radical de desencuentro.

al principio me sentía confuso, o irritado, triste o deprimido. pero ahora ya me voy acostumbrando, y pierdo las ganas de seguir con este esfuerzo baldío. intento razonar, explicar, incluso afirmo que no estoy en lo cierto, para limar reticencias, que sólo es mi forma de sentir... pero claro, si la otra persona sintiera eso lo sentiría de forma distinta... lo que digo, un punto radical de desencuentro.

y, sobre todo, me canso de tratar de demostrar que siempre he tenido buena intención, cuando la gente que me conoce sabe que la maldad es algo que no tengo y que soy incapaz de alcanzar a comprender. ahora ya no pido comprensión, sólo confianza. si yo te digo que es rojo sangre, acepta que es rojo sangre y no intentes entenderme. no lo vas a conseguir. no, al menos, según tu razonamiento. sólo conseguiríamos otro punto radical de desencuentro.

y, qué demonios, no es de eso de lo que se trata. a estas alturas lo deberíamos saber.

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el viernes pasado mi estado de ánimo era bajo, más bien bajo, mis fuerzas pocas y mi sensación de estar al borde de un abismo oscuro inmensa. pero entonces recibí una llamada, una llamada de alguien cercano que se encontraba en una situación peor y, lo que es más importante, con motivo para ello. entonces me ocurrió como suele pasar, desaparecieron mis nubes interiores. antepuesto, el dolor de esa persona. y me olvidé, me olvidé de mí, de mis quebraderos de cabeza y de mi mundo insatisfecho.

ayer la muerte se llevó al padre de un conocido, y en la última semana la palabra 'cáncer' parece que está por todos lados. me trae viejos recuerdos, heridas cicatrizadas de las que se resienten con el cambio de clima. entonces recordé, recordé lo que es la pena verdadera y me sentí muy pequeño frente al estado de ánimo que ahora mismo debe tener esta persona.

dicen que somos medibles por nuestros actos. sin embargo, parece que nos empeñamos en darnos importancia según la magnitud de nuestros problemas, y los engordamos y los magnificamos a los ojos de los demás para que vean qué sufrimiento tan grande tenemos. yo, hoy, me siento pequeño. es como los sueños y la realidad, cuando algo es tangible el sueño se dispersa como humo tras un manotazo en el aire. se deshincha como un globo picado por el alfiler del destino.

por eso me siento pequeño hoy. porque mi dolor es sueño, y me sabe mal preocuparme por él al lado de quien sufre en la realidad. aunque todo esto me hace pensar mucho en el sentido de las cosas. cuando la realidad desaparezca, sé que volveré a los sueños. y, ahí, ahí sí que soy grande.
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últimamente, no sé si es una tendencia personal o que las circunstancias son así, me encuentro en encrucijadas en las que tengo que hacer acopio de todo mi valor, que es más bien poco pero escurridizo, y plantar cara a personas en algo que me resulta difícil y desagradable, pero necesario tanto para mi vida futura como para mi estabilidad mental. muchas de estas situaciones son duras para mí por el hecho de que suponen pequeñas rupturas, un hasta aquí hemos llegado, y éso es lo que se me hace más cuesta arriba de este mundo.

próximamente tendré que hacerlo de nuevo, enfrentar una situación crítica en una relación más personal que laboral, y tomar una decisión que, interiormente, ya tengo tomada. he de decir que, como me ha ocurrido otras veces, sólo pensarlo se me sube la sangre a la cabeza y se me nubla la vista. pero, al menos, ahora ya he aprendido a no reflejar eso. incluso puedo parecer frío, pero siempre mejor así que no derrumbarme en las narices de la otra persona.

hay cambios que sientan bien aunque su paso es traumático. hay decisiones que no se deben (aunque se pueden) evitar. toda la teoría me la sé. la práctica es lo que me come por dentro. no es bueno pasarse la vida huyendo porque, tarde o temprano, hay que dejar de correr.

y, para entonces, es mejor saber cómo plantar cara. aunque a algunos nos suponga un desgaste extremo. es el precio por intentar tomar las riendas de la vida.
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